jueves, 9 de diciembre de 2010

Los lados de la ventana (4)

Me apresuro tratando de complacerla como si fuera el primer día que estamos juntos, con la misma ilusión y nerviosismo con la que un adolescente acude a su primera cita de amor. Un masaje y un baño, un masaje y un baño... lo repito varias veces para mí mismo como si no terminara de creerlo.

Tenemos junto al baño grande una alcoba habilitada como cuarto de masajes, y es para mí algo así como un santuario. Conecto el calefactor de aire caliente tratando de caldear un poquito la habitación. Disminuyo un par de puntos la intensidad de la luz, que arranca destellos ambarinos de las partes metálicas del mobiliario. Elijo ahora una música de ambiente adecuado, vamos a ver... piano, flauta, violines, monjes de Silos... ésta será perfecta, “sonidos de la naturaleza, el placer del relajamiento”. De entre todos los aceites escojo uno de almendras dulces, ideal para el cuidado de la piel. Lo templo un poco, descuelgo el albornoz de mi Señora y vuelvo al salón para avisarla de que todo está preparado.

Mientras Ella se desviste permanezco fuera de la habitación, tratando de contener la prisa de mis impulsos. Cuando al fin me reclama respiro hondo y entro. Su presencia llena toda la estancia de una magia especial. Ella contempla mi cuerpo de una forma tan natural que le resta importancia a mi desnudez, pero yo soy incapaz de hacer lo mismo. Nunca dejará de impresionarme la visión de sus formas. Incluso ahora, que trato de reflejar en un papel aquellos recuerdos, tengo una extraña sensación de pudor, como si desvelar aspectos de su intimidad fuera algo sagrado. Yo permanezco también desnudo, y aunque lucho por no excitarme no alcanzo a conseguirlo. Hay aspectos en la naturaleza de los varones que nos está negado ocultar, así que trato de percibir mi erección como un tributo de amor y no le doy más importancia. Tumbada sobre la camilla parece una Diosa yacente. Ha recogido su pelo por detrás y la visión de su cuello despejado me erotiza, su espalda tan femenina, sus hombros, la redondez de sus caderas, la largura inacabable de sus piernas... Pero no sólo la belleza de una mujer radica en lo meramente visible, en la proporcionalidad mayor o menor de sus formas, también está en la delicadeza de su piel, en el olor de su pelo, en su propia consistencia, en la transparencia de sus uñas o en la forma en que se expande su pecho al respirar, en el sonido que emite su cuerpo al ser acariciado...

Vierto en mis manos un poco de aceite y las froto entre sí para que entren en calor. Al situarlas en la parte baja de la espalda su cuerpo se estremece. La combinación de música y luz, el perfume del aceite, la lentitud con la que mis manos recorren su piel provocan que a medida que el masaje transcurre los dos nos relajemos, hasta el punto de que todo en mi cuerpo vuelve a su ser. Después de mucho rato en el que ninguno de los dos pronuncia palabra, tengo la sensación de que mi Ama se ha quedado dormida. La confianza que para mí supone que Ella se duerma entre mis dedos me colma de agradecimiento. Conteniendo mi emoción cubro su cuerpo completamente con una toalla y aprovecho su descanso para preparar un baño caliente y espumoso como a Ella le gusta...

No sé cuanto rato ha pasado desde que me he recostado en el sofá, puede que unos minutos solamente, no necesitaba más que eso para recuperarme un poco, y aunque me he quedado algo traspuesta, me he despertado justo a tiempo para escuchar las primeras notas de uno de mis CD's favoritos.

Enseguida aparece él, la ilusión de nuevo en sus ojos y cierta impaciencia como cuando aprendía los primeros pasos del protocolo. Aún a veces duda sobre cómo comportarse, pero tiene un fondo galante y atento que le saca de muchas situaciones comprometidas. Sostiene el albornoz con ambas manos en posición de ofrenda y normalmente él me hubiera seguido para desvestirme, pero el cansancio me hace ser práctica, y con un beso en la frente y un gesto le hago entender que es mejor que me espere.

Cuando hice la reforma del piso pensé que sería un sueño que pareciera un Spa, uno de esos de lujo a los que de vez en cuando tengo la suerte de poder acudir cuando mi empresa me manda viajar por trabajo. Suelo elegir hoteles con Spa, sabiendo que necesitaré de sus servicios tras la jornada de reuniones y negociaciones.Pero no es lo mismo que cuando él me da los masajes...

Me tumbo en la camilla y automáticamente me invade una sensación de bienestar... Mario, puedes pasar... la puerta se abre al instante, y su azoramiento me hace sonreir. No sé qué daría porque esa timidez, y ese efecto enervante cada vez que me ve desnuda durara para siempre, es tan excitante ver la reacción de un hombre ante la visión de tu cuerpo... aunque consigo los mismos efectos cuando soy cariñosa con él, y también cuando le susurro al oído, o cuando le sorprendo con unas caricias...

Empieza el masaje y me dejo llevar por sus suaves manos, y dejo atrás a los japoneses que se difuminan en sus trajes pequeños, a los canadienses con su acento engominado, mi despacho se desmonta en pequeñas piezas que guardo en el portafolios, y poco a poco sólo quedamos él y yo, la música, el olor del aceite... Conoce a la perfección mi cuerpo, lo que me gusta y lo que no, y me hace estremecer y al mismo tiempo siento como los últimos resquicios de cansancio desaparecen, y con ellos mi conciencia...

Me sobresalto al darme cuenta de que me he dormido de nuevo, y escucho el chapoteo del agua. Seguramente está poniendo las esencias para producir espuma, y estará tan concentrado como siempre, así que entro descalza, sin hacer ruído para observarle. Sus movimientos son nerviosos, pero a la vez calmados. Estos baños forman parte de nuestra deliciosa rutina, y supongo que le devuelven cierta paz de espíritu después del día que habrá tenido. No hemos vuelto a hablar de ello, pero en un par de días volveremos a hacerlo, ya desde la templanza y desde la comprensión mútua, que es desde donde hay que hablar las cosas y resolver las diferencias.

Me acerco un poco más aprovechando que está inclinado sobre la bañera encendiendo las velas, y acaricio lentamente su espalda empezando por la nuca hasta llegar a sus nalgas, prietas y tensas por la posición... un ligero azote le sobresalta, pero mis manos no se detienen ahí, y cogiéndole por los hombros le devuelvo a su posición habitual, arrodillado a mis pies. Me encanta situarme a su espalda, que no pueda verme, y poder acariciar su cuerpo a mi gusto, viendo perfectamente desde mi posición elevada el efecto que eso le produce. Sé que cierra los ojos porque lo veo en el reflejo de los azulejos brillantes del baño, y puedo observar en su cara la mezcla de placer, alivio, nerviosismo y timidez que tanto me seduce.

Todo el cuarto de baño está ambientado como si fuera el de un palacio medieval, las palanganas de cobre, los candelabros de hierro forjado alrededor del espejo, los accesorios de bronce y estaño que hemos ido recopilando en tiendas de anticuarios. La bañera semeja una antigua tina de hierro fundido con los pies góticos. En torno a ella se disponen en hilera varios portavelas de diferentes tamaños. Un baño caliente de mi Señora sumergiéndose en abundante espuma y envuelta con la tenue luz de las velas concede a este momento un halo mágico, como si nos transportara a un mundo fantástico.

Estoy tan absorto encendiendo las velas que no advierto su presencia tras mi espalda. Sus dedos en mi nuca me sobresaltan y no puedo evitar una exclamación. Ahora su mano desciende lentamente desde el cuello como si quisiera perfilar el relieve de mi columna vertebral. Sus yemas trazan circulitos en mis costados, erizando el vello de mi piel centímetro a centímetro. Cierro los ojos disfrutando la sensación de sentirme acariciado. Cuando llega a mis nalgas entreabro ligeramente las piernas para facilitar su acceso a mi intimidad... sus dedos comienzan a perderse entre los pliegues de mi cuerpo... suspiro cada vez más excitado hasta que sin esperarlo... ¡¡zas!! Un azote con la palma de su mano me devuelve a la realidad. Pero su mano no abandona mi nalga, sus cinco dedos permanecen inmóviles, calibrando el aumento de temperatura de mi piel. Me toma entonces de los hombros empujándolos hacia atrás, y continúa ahora con sus caricias por todo mi pecho. Ella está situada detrás de mí y no alcanzo a verla, pero trato de no levantar el rostro para observarla, aunque mi pene lo hace por mí, siempre tan independiente. Sonrío al recordar uno de nuestros juegos en el que mi Ama se entretiene con mi sexo como si fuera un ente autónomo, como si se pusieran de acuerdo entre ellos dos y me dejaran al margen de la diversión.

Me incorporo, erecto y sonriente, y al tiempo que Ella entra en la bañera le tiendo mi mano.

-El baño está preparado Señora, permítame ayudarla...

El agua está a la temperatura adecuada, y cuando jugueteo con la espuma con los dedos de mis pies, una mezcla de aromas de jazmín y nardo inunda el ambiente húmedo del baño. Su piel tiene ahora el tono brillante de la condensación, y en su rostro el tono rojizo del rubor de sus mejillas... el calor produce este efecto, pero estoy segura de que mis caricias también.

Me tumbo en la bañera, jugando con la espuma a cubrirme el cuerpo, dibujando diferentes formas con el dedo, mientras él me observa de reojo y duda entre los distintos geles de baño.

- El de Aloe, cariño, que hidrata mejor la piel - Tomo en mi mano una bolita de espuma y la soplo en su dirección, repartiéndose las burbujas en su pecho. Él sonríe de nuevo, sabiéndose partícipe de mis juegos.

Levanto una pierna y empieza a enjabonarme, sosteniéndola en el aire por el talón. Sus movimientos son lentos, delicados, mucho más sensuales que en el masaje, que tenía como misión relajar mis músculos. Se detiene justo donde el muslo sobresale de la superfície del agua, y me solicita la otra pierna. La asomo tímidamente y vuelvo a esconderla y él espera... hasta que se da cuenta, por mi sonrisa traviesa, de que no voy a sacarla de nuevo, y sus manos se pierden bajo la espuma buscándola.

Acaricio su hombro y le lleno de espuma el pelo, jugueteando, y viendo como las gotas de agua se deslizan por su espalda.... estos baños pueden dilatarse hasta que el agua se enfría, son momentos de intimidad y juego, de exploración y risas. Al final consigue enjabonarme la otra pierna, y entonces me arrodillo dentro de la bañera. Es un momento mágico, en el que ambos estamos arrodillados, un instante en el que Ama y siervo se difuminan, y el hombre y la mujer surgen de entre la espuma. Sus hábiles manos me masajean la cabeza al extender el champú, uno de mis principales placeres, y cierro los ojos, ronroneando como una gatita. El jabon se desliza por mi cuerpo ahora que estoy incorporada, y desvía la mirada respetuosamente, ya que mis pechos quedan directamente frente a sus ojos. Ronroneando en su oído cojo sus manos, y las deslizo por las formas redondeadas, los pezones turgentes, provocando de nuevo su erección, que se había relajado. Deslizo más abajo sus manos hasta perderse entre la espuma... y entre mis piernas... y mis ronroneos se convierten en suaves gemidos... Él me sostiene con uno de sus fuertes brazos mientras mi cuerpo se agita en un estremecimiento placentero, fluyendo en el agua el resultado de sus diestras caricias. Con cuidado me ayuda a tumbarme de nuevo en el agua, quitándome el jabón del pelo con el brazo de la ducha, sonriendo satisfecho de verme disfrutar de sus atenciones.

- Hoy no quiero que cenes tú después de servirme, mario... - Me mira desconcertado, y me doy cuenta de que puede interpretar que no quiero que cene, y hay que ser tan cuidadoso con lo que se desea... - quiero que cenemos juntos, que te sientes a la mesa conmigo y que me cuentes qué has estado pensando estas horas que has estado solo. Quiero saber cómo te has sentido y porqué.

Un estremecimiento recorre su cuerpo, y su mirada se enturbia ligeramente, y en ese momento le veo tan vulnerable, tan perdido, que dejo caer la toalla y le abrazo tiernamente.


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