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lunes, 3 de septiembre de 2012

Cb (chastity belt o cinturón de castidad)

Hace tiempo que no escribo nada en este blog. La causa no es que esté un poco cansado de cierto tipo de gente que navega por estos mundos del Bdsm, ni que no tuviera nada que decir, o que estuviéramos más en un periodo de vivencias en las que hay que dejar pasar un poco de tiempo para poder transmitir a los otros. La causa es que nos hemos ido a una isla desierta del pacífico sur y, claro, el wifi cogía un poco mal.

La idea de comprar un Cb fue mía. Alguna vez lo habíamos comentado porque la idea me atraía mucho. Hasta tal punto de pasarme las suficientes horas para conocer los diferentes modelos disponibles, con sus ventajas y desventajas. Luego la idea desaparecía por alguna semana pero, poco después, volvía a asaltar mi mente.

A mi Señora Alyna al principio la idea no Le hacía demasiada gracia. Casi ninguna. Supongo que a base de comentar la idea se fue persuadiendo poco a poco. Pero claro, la pregunta fundamental era el por qué, para qué queremos nosotros un aparatito de ese tipo. La pregunta en nuestro caso supongo que tiene más sentido porque yo, pese a que nos pasamos en ocasiones semanas sin vernos, no me toco desde que nos conocimos sin su permiso. ¿Para qué entonces un Cb?

La pregunta tenía, y supongo que tiene para muchos, dos respuestas.

La primera es sin duda de tipo físico o mecánico: la sensación de cuando se tiene una erección sentir el miembro aprisionado, o imposibilitar la erección completa. Y, efectivamente, se trata de una sensación particular. El modelo que compramos – una variante del Birdlocked – es de silicona blanda, que tiene un tacto agradable por dentro, que permite apretarlo y estrujarlo. Sensación... no sé muy bien que palabra utilizar... pero sin duda positiva.

Y después está la respuesta dos: la complicada. La cuento en dos partes: el antes y el después. Lo que me imaginaba y nos imaginábamos, y cómo se han dado las cosas después.

El antes

1.- Entrega: es como ponerle la guinda al pastel. Yo no es que no me toque porque mi Ama no quiere que lo haga. Es que no quiero hacerlo sin Su permiso. Me parece que la diferencia es notable. Pero, claro, desde ese punto de vista parecía como completamente innecesario. Sin embargo, yo intuía que podía dar un algo más, como hacerse más presente.

2.- Humillación: quien haya leído anteriormente este blog sabrá que nos llevamos un poco a puñetazos con la palabra. Pero claro, cuando el río suena agua lleva. Y del mismo modo que nos produce cierto rechazo también nos atrae, probablemente en la misma medida. La idea es que sentir el Cb debería tener un efecto en el que mi sexo – en ambos sentidos: órgano y vida sexual – se convierte casi en un estorbo, incluso para mí. Dejar de ser una parte de un mismo, y convertirse en algo menos. Aquí el sentido de privación, de impedimento, hacía su Agosto.

3.- El efecto doble A (de Ama Alyna): a decir verdad, en las semanas precedentes a la compra habíamos encontrado una especie de Cb casero. Muy, pero que muy rudimentario, pero que cumplía una cierta función. Y descubrimos que mi pene y mi sexualidad se convertían en irrelevantes. Algo de lo que mi Ama y yo mismo podíamos dejar de preocuparnos. Tan es así que lo que produjo es que mi Señora se encontrara más cómoda, haciendo mucho más presente Su lado dominante (¡Sí! ¡Sorpresa! ¡No se comporta como una super-Dómina 24 horas al día!). Mucho más despreocupada, más tranquila y satisfecha.

Es algo parecido a cuando ella coge uno de los gatos (flogger): al principio mucho cuidado porque al no estar caliente la piel se puede hacer bastante daño dando no demasiado fuerte. Pero cuando la cosa avanza, ella lo disfruta más pues puede entregarse en cuerpo y alma, y con menor preocupación, en lo que está haciendo. El Cb estaba consiguiendo un efecto parecido.

Y el después

Con eso de haberlo pedido a un vendedor en china y estar preocupado por cuanto tiempo tardaría en llegar, no me cortaba y miraba la página cada dos por tres. Ansiedad creo que es decir poco y, como tenía la excusa perfecta, lo miraba sin pudor. Y llegó. Y lo probamos. Y supongo que lo seguimos probando. A ratos: al principio lo lleve sólo alguna hora. Después pasamos a que lo llevaría casi un día entero. Y ahora estamos pensando en periodos más largo. Y yo sinceramente me muero porque me lo ponga. Supongo que algunos pensaran que me falta un jugador en el medio del campo, pero voy a tratar de explicar por qué, a lo mejor, la cosa es que estoy jugando con 12 :).

1.- Entrega: efectivamente ha sido la guinda del pastel. O a lo mejor habría que decir la cobertura de chocolate del pastel. Es como si ahora no quisiera correrme sin Su permiso: es que quiero hacerlo solo cuando me lo pida o me lo ordene mi Señora. Es la entrega de cualquier sensación de tipo erótico o sexual. Es como si esta barrera lo hiciera todo más puro. Es, en cierto sentido, como si La quisiera más intensamente.

2.- Humillación: yo no pido. Me cuesta. Rogar ya es casi un tabú. La mente humana es un misterio, y la mía uno grande: lo mismo que me imaginé miles de cosas, no me imaginé supongo que una de las más obvias. A saber: que mi Ama se divirtiera un montón conmigo, con mi cuerpo, haciéndome experimentar sensaciones que, con el Cb puesto, se elevan a la enésima potencia. Como el efecto doble A.

No estar un poco excitado... rogar, morirme, ver Su sonrisa tremendamente maliciosa disfrutar de mi estado. Excitarme solo con pensarlo o recordarlo. Imaginarme mi propia cara casi desencajada. Pero no es solo, ni principalmente, el sufrimiento que todo aquello podía producirme sino la sensación de ser su juguetito, pero con un grado de (¿)maldad(?) que pocas veces había visto en Sus ojos. Perdón por la comparación pero me sentí como las moscas con las que juegan los niños: no sólo a Su merced sino también siendo considerado como poco más que una diversión.

3.- El efecto doble A (a la enésima potencia): Sus ojos, Su sonrisa, Su forma de expresarse y hasta el propio tono de voz. Todo ha cambiado. No mi percepción de ellos, que seguro, sino que reconozco nuevas formas de expresarse y de dirigirse hacia mi. Sin ningún titubeo. Como si se hubiera acomodado en el Olimpo. Completamente despreocupada de mi: no que le dé igual lo que me pase pero poniendo de manera neta y clara Sus preferencias, dando por hecho que yo las satisfaría a la menor brevedad.

4.- Presencia: supongo que puede ser hasta inapropiado contarlo pero yo, de pequeño, me dormía con la mano en mi sexo muy frecuentemente. Para mi no es algo obsceno ni necesariamente sexual ni erótico tocarme el sexo. Bueno, eso en mi caso pero, más en general, actos como ir a orinar, ponerse unos pantalones, cruzar las piernas o sentarse con ellas abiertas, son actividades normales y cotidianas sin importancia... hasta que llevas un Cb. No es que sea incómodo, o no demasiado, aunque eso cambia dependiendo del modelo.

Pero el Cb, siempre ahí, siempre presente, te recuerda por qué haces lo que estás haciendo. Es parecido a esa dulce sensación que experimento cuando mi Ama me pone el collar, o cuando jugueteó con mi dedo en su anilla. Un escalofrío que recorre la espalda, que hace que desee intensamente estar entre sus brazos, entre sus piernas.

5.- El placer de dar placer: ¿qué pasa si el propio placer no se convierte en secundario sino que desaparece completamente de la escena? Pónganse el cinturón (o en este caso, el Cb) que despegamos. Como si la imaginación se disparara, todo se sintiera mucho más, y uno dedicara cuerpo y alma (literalmente) a dar placer al otro. Con una nueva dimensión o matiz.

Tres detalles y precauciones:

1.- Manchitas moradas: El Cb que compramos trae tres anillas, de diferentes tamaños. El grande no era el mío, y dudábamos entre el mediano y el pequeño. Probando con el pequeño, hice un poco de fuerza presionando el pene, no recuerdo bien si llevaba las uñas demasiado largar... pero el resultado fueron unas manchitas moradas. Es decir, unos moratones. Lo quitamos enseguida y en unos días las manchas desaparecieron.

No os asustéis demasiado si os pasa: se quita el Cb, cremita, y se mete en la cajita hasta la semana que viene. Eso sí, lo mío fueron pequeños puntitos, no un morado generalizado (en ese caso yo me iría de inmediato al médico). Y si la cosa no desaparece, al médico, claro. Pero no os asustéis, como hice yo, que pensaba que se me iba a gangrenar y caer al suelo como quien pierde una moneda.

2.- Colocar bien: parece una perogrullada, pero el Cb hay que colocarlo bien para que no haga daño. Y a veces no se consigue a la primera. Si no lo conseguís a la primera y comienza a haceros daño, se quita y se vuelve a poner. Y si no, se vuelve a guardar en la cajita. Que jugar mola mucho pero estos son juegos serios, que entrañan algo de peligro.

3.- Spanking: ojo... en el modelo que compramos nosotros los testículos quedan ligeramente aprisionados, y la sensación de un golpe ahí – fusta, látigo, o la mano – se multiplica. Habrá a quien le guste, pero no sé si sea una buena idea porque hay puntos que ya están bajo una cierta, aunque no muy grande, presión. Precaución...

machi{AmAly}

Pd: estoy deseando que me lo ponga otra vez.

viernes, 30 de marzo de 2012

Una tarde de compras (1)


Llevábamos hablando de ello hacía tiempo, fantaseando con ello más bien, y en cuanto surgió la oportunidad le invité a acompañarme, sin decirle adonde íbamos a ir ni lo que íbamos a hacer.

Quien me acompañaba era claramente él, pero con los ojos atentos de ella, que siempre está agazapada en las sombras. Por eso no me extrañó ver su sonrisa sibilina en cuanto llegamos a la puerta del sex-shop. "Aquí es, nuestra primera parada".

El escaparate estaba cubierto de conjuntos muy femeninos, de artilugios de cuero, y otros objetos de los que a los dos nos hacen la boca agua. Le pregunté cuales de esos conjuntos podrían quedarme bien, y me sugirió algunos, con su buen gusto, pero me di cuenta de que sus ojos se posaban en algunos que claramente no serían para mi.

"Entremos, que te enseñaré más cosas". Estuvimos curioseando por la sección de dildos, vibradores, comentando unos y otros, y nos detuvimos unos instantes en la sección de strap-ons, escandalizados por el tamaño de algunos de esos penes de silicona. No era la primera vez que visitábamos un sex-shop, ninguno de los dos, pero era la primera vez que lo hacíamos juntos, y eso le daba una dimensión diferente. Ver el brillo de los ojos en la otra persona cuando se imagina usando alguno de aquellos juguetes puede ser muy estimulante.

Después de darnos una vuelta por el local y de preguntar acerca de un par de objetos le vi más cómodo, y me pareció que era el momento de volver al escaparate. "Ahora elige uno para ti". Sus ojos se iluminaron, y apareció esa mujercita coqueta y alocada que se esconde en su interior. "Este, mi Ama". Eligió un modelito precioso de vinilo negro brillante, de cremallera abierta de arriba a abajo, corto hasta medio muslo. "Bien, vamos a perdir si tienen de tu talla y te lo pruebas", "¿aquí?", no sabría decir si era vergüenza, timidez o ilusión, o una mezcla de todo ello, "¿dónde si no?".

La observé mientras le preguntaba a la dependienta, que muy amablemente nos atendió y comprendió la situación. "Justo tengo aquí uno de tu talla, que se acaban de probar". Lo cogió como si fuera de cristal y se fuera a romper y nos fuímos al probador. No quise entrar, quería que fuera SU momento, el de observarse en el espejo sabiendo que yo la esperaba fuera. "Es perfecto, mi Señora". Y así era, le quedaba ceñido pero sin marcar excesivamente, mostrando sus estupendas piernas que le envidio sinceramente. Se había soltado el pelo, y me sonreía felinamente, con coquetería, gustándose. "Estás muy linda". Me abrazó con emoción, dándome besitos en la mejilla, y me sentí muy orgullosa de ella.

Después de agradecerle a la dependienta sus atenciones, y prometiéndonos volver, comentábamos lo que habíamos sentido de camino a la estación, cuando de pronto se paró en seco al ver un letrero que decía "Liquidación por cierre" en la puerta de una zapatería. "Señora, ¿podemos mirar?"

Se detuvo cada dos por tres al recorrer las hileras de zapatos y botas, como una niña en una zapatería, admirando unos y descartando otros. "¿Te gusta alguno?" No es fácil encontrar un calzado de su talla, así que los que le gustaban quedaban automáticamente descartados. "¿Y estas botas?", acababa de encontrar unas de su talla y se las ofrecí. Las miró con ojitos de ilusión, unas botas altas preciosas que resaltarían sus piernas. "Me encantan, Señora", "bien, pues pruébatelas". Se quedó blanca, mudada de palabra, ni siquiera se atrevía a parpadear, y juraría que empezaba a sudar. "¿Ahora?¿Aquí?", miró a su alrededor como si todos los ojos estuvieran puestos en ella. "Claro que aquí, que si no te quedan bien no nos las llevamos. Vamos, pediremos la otra del par." La llevé de la mano, reticente pero al mismo tiempo entusiasmanda, y le pedí el par a la dependienta, que nos dejó a nuestro aire. 

Busqué un rincón discreto de la zapatería donde sentarnos pero ella no se atrevía. "Haz una cosa, quítate el zapato y encara la suela de la bota con tu pie, así nos haremos una idea." Se quitó el zapato disimuladamente y lo dejó en el suelo, pero tenía que levantar la pierna para poder hacer lo que le había pedido, y eso le costó un mundo. Ahora claramente transpiraba de sudor. "Y ya que estás, póntela, solo tienes que meter el pie dentro...". Pareciera que le había dicho que sacara una pistola y empezara a disparar, por la cara de susto que puso. "Pero ¿y si me dicen algo?". Sonreí, me resultó conmovedora esa inocencia, que por otra parte era lógica. "A ver, ¿quién va a decirte algo? Mientras lo compres nadie te dirá nada, además, nadie te está mirando, gírate". Efectivamente las personas de la tienda estaban ocupadas en sus propios asuntos, incluso la dependienta, y tímidamente empezó a meter el pie en la bota. "No sé si me cabe..", "empuja más, hasta el fondo". Y la magia se hizo: la bota le quedaba bien. 

Cuando salimos de la tienda estaba eufórica, LAS dos lo estábamos, y desde ese momento todo ha sido una escalada de sopresas y de sensaciones que vivimos juntas, deseando hacer su aparición en público próximamente.


martes, 27 de marzo de 2012

Cry baby


Sábado 04:00

Yo no me despierto por la noche... odio despertarme por la noche... son todavía las 4 de la mañana... como me jode que me pase esto.

Sábado 06:30

Toca levantarse. Toca currar. Tengo que terminar el artículo que estoy escribiendo. Pero, coño, no debo ponerme. Me había prometido dejarlo “enfriar” unos días... coño! Hoy es sábado. Vuelve a dormirte... eres un capullo ansioso... duerme...

Sábado 08:30

Ahora sí que no aguanto más en la cama. Mi Ama sigue durmiendo y los perritos están ansiosos. Trata de no hacer ruido y de salir de la habitación.

Me levanto. Pongo de comer a los perros. Friego los platos de la noche anterior. De repente mi Ama. “Buenos días cariño”. Buenos días mi Señora.
Termino de fregar lo del día anterior. Me pongo un café. Le pido permiso a mi Ama para fumarme el primer “pucho” de la mañana. Como siempre, me da permiso sin problemas.
Mi Ama se pone sus tostadas y su vaso de leche. Termino de hacer otras cosas. Voy al baño a lavarme los dientes. La idea me irrumpe. Brutalmente, como siempre. Ya no consigo sacármelo de la cabeza. Y mi cuerpo reacciona.

Sábado 09:10

Mi Ama sabe perfectamente identificar esa cara. La conoce perfectamente. Soy incapaz de mirarLa a los ojos en estos momentos. Mi tono de voz se baja. Ella ya sabe qué Le voy a decir. Qué Le voy a pedir. Sonríe. Me avergüenzo. Más todavía al saber que ella sabe perfectamente lo que Le voy a decir. Bajo la cabeza.

Mi Ama... Le querría pedir una cosa y media. Bueno, en realidad dos. “Dime cariño”. Su sonrisa me indica que lo sabe. Y de nuevo bajo la cabeza. Siento vergüenza. Supongo que algunos lo llamarían humillación. La primera es el collar mi Ama. “Si cariño. ¿La segunda?”. No sé si estoy blanco, o rojo. La segunda... la segunda mi Ama... era si querría... si querría ponerme... si querría mi Ama ponerme los pañales. Gran sonrisa. Más vergüenza. Vuelvo a bajar la cabeza.

Se levanta. Vamos a la habitación. Me pide que me tumbe en la cama. Descubre en mí una gran erección. Decide ordeñarme. A continuación, saca los pañales. No puedo mirarLa. Sólo consigo cruzar con ella alguna mirada. Se me cae la cara... de vergüenza... por algo que he propuesto yo... me desconcierta un poco la idea.

Me vuelve a poner los pantalones. Volvemos al salón. “Cariño, nos vamos a poner a trabajar. Tenemos un montón de cosas que hacer”. Si mi Ama. Al poco siento una fuerte presión en la tripa. Mi Ama... yo... cuando Usted lo desee. “Ahora”. Mi Ama... ¿puedo ponerme de rodillas? “Si cariño”. Tengo miedo de que se salga. “No te preocupes”. Pero es mucho... “Tú tranquilo... no se sale”.

La sensación es como un huracán. Es algo que normalmente controlamos. Que de hecho estoy controlando. Pero al mismo tiempo me invade la sensación de que me desborda, de que no tengo el control sobre mi propio cuerpo. No es que me deje llevar... es como si algo me llevara...

Mi Ama me mira mientras lo hago. Bajo la cabeza. No puedo no bajar la cabeza. Terminé mi Señora. “Muy bien cariño. Ahora quiero que te sientes”. Siento el calor, la forma, y como la presión de mi cuerpo hace el esperado efecto. Estoy... así estoy.

Mi Ama... ahora tengo ganas de... “Pues hazlo también...” Vuelvo a estar de rodillas. De nuevo esa sensación que no puedo controlar. Vuelvo a bajar la cabeza. Vuelve a sonreir.

Empiezo a sentir que me mancha... que estoy manchado... que sigo manchado... “No sé qué tenías que hacer. Pero me gustaría mucho que, como me dijiste el otro día, escribieras sobre esto”. Reviso los correos. Envío un par de mails de trabajo. Y me pongo a escribir.

Mi Ama, vuelvo a tener ganas. “Coje el cojín, ponte aquí y hazlo”. Siento que el pañal se va a desbordar. De nuevo la sensación incontrolable. De nuevo me supero. Ya mi Ama. Me pide el cojín y me ofrece su mano. Esa mano es como un puerto en una tormenta. Me sonríe. Me siento Suyo. Me gustaría que me abrazara. Me pide que cuando termine de escribir Le avise para quitármelos. Le comentó que luego me gustaría seguir escribiendo algo más, pero que para eso tengo que no llevarlos puestos. Ella me contesta que una cosa es la experiencia y otra la reflexión. Asiento. “¿Cómo te sientes?”. Mi tono es casi imperceptible. “Repite”. Sucio. Y siento los pañales hasta arriba. Rojo y blanco.

Me siento. Termino de escribir el párrafo del que Le he hablado a mi Ama (este). Ya, mi Ama. Espérenme. Ahora vuelvo. Quiero pedirle que me pase la mano por el culo, por fuera del pañal, para que me restriegue. Me avergüenzo de escribirlo. Tengo una erección. Ahora vuelvo.

Martes, 22:40

Volví. He tardado un poco pero uno a veces se lía...

Mi Ama Alyna y yo hemos hablado varias veces sobre la humillación. La misma palabra no me gusta. Para mi tiene connotaciones demasiado desagradables. La primera vez que mi Ama hizo algo en esta dirección, debo confesaros que no fue muy bien. Pero son cosas que pasan.

Las cosas, digamos, han cambiado un poco. La palabra sigue disgustándome. Supongo que el contenido mucho menos. Sobre todo si pienso que he sido yo mismo quién Le ha rogado a mi Ama en varias ocasiones que haga aquello que no fue tan bien la primera vez que sucedió. Para más señas: ya se han dado varias ocasiones en las que Le he pedido que me escupa en la cara. Antes la idea me horrorizaba. Ahora, sencillamente, me excita.

Probablemente uno de los ejemplos fuertes de degradación – sí, es esa la palabra – es obligar a alguien a orinarse (y no sólo...) encima: como os decía, uno tiene que contener lo que casi podría ser llamado el instinto de no hacerlo, de no manchar ni mancharse.

En segundo lugar, Su mirada: sé perfectamente que nada de esto ocurriría no sólo si a mi Ama Le disgustara sino que, además, si no Le divirtiera, tampoco sucedería. Pero ello no impide que sienta vergüenza. Que vea Sus ojos adentrándose en los míos, que me sienta más que desnudo.

Y luego esa sensación de estar sucio. Al principio tengo que contener las ganas de salir corriendo a la ducha. Luego, mi Ama me hace sentir todavía más lo que he hecho. Aprieta mi culo, y siento... ya os imagináis lo que siento. A mi me da un asco atroz las heces. El olor me pone de los nervios, hasta me dan arcadas. Cuando mi Ama apretó Su mano contra mi culo, volví a tener una nueva erección. Incontrolable. Mi Ama seguía mirándome. Yo no retiro jamás una mirada. El sábado fui incapaz de hacerlo. Vergüenza. Excitación. Humillación.

Fui nuevamente ordeñado. De nuevo esas ganas irrefrenables de querer quitármelos, entrar en la ducha y enjabonarme 70 veces. “No. Tú no vas a ninguna parte. Quiero que disfrutes de todas las sensaciones. Incluida ser limpiado”. Sí mi Ama.

La excitación ha desaparecido. Me siento... me siento indefenso. Como un niño que se lo ha hecho encima pero no sabe o no puede limpiarse. Esto, esta fantasía o esta práctica, nada tiene que ver con los niños. No me siento un niño: ni durante este juego ni normalmente en mi vida. Pero me siento indefenso. Y ella, mi Ama, Sus manos, Su infinita bondad, Sus brazos, ahí están para que yo me agarre a ellos.

Respiro. Me limpia. Se me saltan varias veces las lagrimas. No sufro. No río. Es sencillamente una emoción incomparable e incontrolable. Me abraza. Nos miramos. Más abrazos. Se me saltan nuevamente las lagrimas. Más abrazos. Esa ducha.

Le pido que no me deje sólo en el baño. Nuestros juegos no empiezan y acaban. Nuestros juegos se calientan y se enfrían. Y éste estaba ardiendo. Conversamos. Reímos. Me acuerdo de algo que escribí hace algunas horas: Mi Señora no puedo ni quiero seguir viviendo sin Usted.

Comemos. Tenemos una tarde llena de placeres. Bajamos al Fetish. Me hace una suspensión horizontal. Estoy, literal y figuradamente, volando. Y todavía creo que no he aterrizado.

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Ha pasado una noche movidita, intranquila, así que no me extraña si a las ocho y media ya está en pie. Yo también me levantaría, pero es Sábado, día de indulgencia sin despertador y me quedo un rato más en la cama sabiendo que él se hará cargo de todo.

Es una mañana cotidiana, de desayunar frente al ordenador leyendo el correo, de empezar a planificar el día, cuando le veo venir con la cabecita gacha y esa mirada que me indica que está pensando en algo... algo que hicimos hace unos días y que le ha vuelto a la cabeza. Lo sé porque hay vergüenza en su cara, y hasta ahora sólo eso le ha dado vergüenza.

Es como ver florecer una rara flor, la vas viendo abrirse poco a poco, probando sensaciones nuevas, situaciones que le obligan a enfrentarse a si mismo. Seguro que habrá quien piense que esa es mi parte, la de imaginar situaciones de ese tipo, pero yo no he nacido con una bola de cristal para saber qué ideas pasan por su cabecita, así que sigo el viejo sistema de preguntarle.

La primera vez que me comentó lo de los pañales me sorprendió, no lo esperaba, pero cuando vi su reacción al comprarlos en el supermercado no me lo pensé dos veces. La primera vez fue un tanteo, saber como se sentía al ponérselos, y sobretodo si sería capaz de hacérselo todo encima. Así fue. Y le sentí vulnerable, tremendamente sensible, como si hubiéramos llegado a un lugar oculto de su mente, uno que ni siquiera él se había atrevido a explorar antes.

Pero aquella tarde no fue capaz de procesarlo, de ponerle palabras a esos sentimientos, y le dije que lo dejábamos para la vez siguiente. Quiero saber qué siente en esa situación, más allá de la propia vergüenza, saber a dónde nos lleva ese camino que recién iniciamos los dos. Y es que yo dije que no me gustaba la humillación, pero empiezo a verle las orejas al lobo.

Y acepto su petición, como siempre lo hago. Y habrá quien piense que al final hacemos lo que él quiere, y tiene parte de razón, pero es que en ese ceder por mi parte yo encuentro una gran satisfacción, ¿porqué voy a renunciar a sus sugerencias si me pone a mil cuando viene con esa miradita y esa vocecita humilde a pedirme algo?

Cuando le tomo de la mano y me lo llevo al dormitorio, me sigue como un corderito, y al mismo tiempo está asustado, no de mi, claro, sino de lo que ha imaginado. En cierta forma parece estar luchando, una lucha perdida de antemano contra algo que le puede. ¿De dónde surgen esas ideas? No lo sé, no diría que son simplemente fantasías, hay algo más, una urgencia que va más allá de la pura excitación, y estoy dispuesta a averiguarlo. Es algo que me fascina, observar su comportamiento, sus cambios de registro, como pasa de ser el hombre seguro de sí, echado p'alante, el que hace callar a cualquiera con un comentario irónico, y se convierte en este hombre dulce y apocado, incluso tembloroso. Él me fascina.

Se deja hacer, sin mirarme, mirando al techo, al armario, como un muñeco en mis manos, y se avergüenza de su erección, cuando nunca lo hace, porque sabe que yo sé de donde viene esa erección, y le enseño los pañales, y eso multiplica su erección y su vergüenza. Esa reacción me excita, lo reconozco, verle turbado, colorado... no sé hasta qué punto es vergüenza y hasta que punto es algo más ¿humillación quizá?¿pero erótica o de otro tipo? No parece sentirse mal pero no quiero que tenga esta experiencia como algo excitante, no, quiero provocar una emoción mayor y por eso le ordeño, para sacar ese elemento de la ecuación. Sé que nos adentramos en terreno pantanoso, pero lo hacemos juntos, con plena conciencia, sin disfrazarlo de nada.

Y sigue sin mirarme cuando se lo hace encima. Admiro su facilidad para hacerlo, yo no podría, sufro de vejiga tímida. Y le veo tocarse por encima del pantalón, sintiéndose mojado, pero en realidad el pañal lo contiene todo. Es una prueba, o más de una en realidad. Una prueba de confianza, de dejarse llevar más allá de sus propios límites, porque yo sé que esto es un límite. Y yo le acompaño, le doy seguridad, como cuando le acompañé a comprarse las botas. Él confía en que le llevo de la mano y que no le soltaré en el aire para caer al vacío, sino que al final caerá en mis brazos.

Y restregarle el pañal le provoca de nuevo una erección, y cuando le masturbo con él puesto gime, sin poder evitar excitarse, sin querer evitarlo en realidad. Al final se derrama, como lo hizo antes, una mezcla de orina, heces y semen, y su mirada me lo dice todo: está desbordado. Eso es bueno, ha llegado a un punto de no retorno, un lugar de si mismo que desconocía y que ahora conoce, y eso le hace más fuerte, más completo, y en estos momentos sencillamente adorable.

Y mientras le limpio tiernamente con una toallita húmeda, él cierra los ojos y de nuevo se derrama, esta vez en lágrimas de emoción, de una emoción profunda y silenciosa, y cuando le abrazo me aprieta tan fuerte que me corta el aire. Pero no me importa, le siento Mío, entregado a mi.

Y es que no siempre lo que hacemos forma parte de una sexualidad muy particular, sino que trasciende y alcanza cotas que solo conoce el alma, y en esas cotas nos abrazamos, nos comprendemos, y sabemos que hemos dado un paso más allá, un paso que nos une más aún, que nos ata y nos redime, a los dos, a él por disfrutar de algo tan humillante, y a mi por disfrutar haciéndolo.