miércoles, 30 de diciembre de 2009

Atrapado en Massilia... (1)


Amparada por la sombra del atrio, contemplo desde lejos tu rictus de desafío, tus labios prietos, tu mirada enfurecida. Aún conservas el orgullo de tu origen, el recuerdo de tu libertad. Desde tu llegada se ha producido un auténtico revuelo en la casa, todas las miradas puestas en tí, el centro de todos los comentarios y de no pocos sueños intempestivos acompañando el calor del estío. De nuevo te han dejado hoy sin comer, intentando doblegar tu voluntad a la fuerza, y este calor de mediodía no contribuye a aplacar tu ánimo, y aunque obligado a estar de rodillas por el cepo, sigues manteniéndote erguido.

- Lucrecia, trae agua fresca del pozo, - diligentemente, la sirvienta cumple mis órdenes. Todos están acostumbrados a ello, forma parte del status quo establecido, y nadie protesta. Las condiciones de vida para un esclavo en Via Amoena no son gravosas, se dedican a las tareas del hogar la mayoría de mujeres y a las tareas de las plantaciones la mayoría de los hombres. Lucrecia se acerca con la jarra apoyada en su cintura. - Llena una vasija y dámela.

El suelo de arena del patio central arde bajo mis sandalias y puedo hacerme una idea de como estarán tus rodillas, apoyadas durante horas. Quizá al no moverte se mantiene la frescura de la mañana justo en ese punto, pero eso no creo que te alivie de tus labios resecos. Al acercarme me miras fugazmente, directo a los ojos, intentando adivinar mis intenciones. Me sitúo entre el sol y tú, proporcionándote unos momentos de alivio, a sabiendas de que no me lo agradecerás. Tomo mi pañuelo y lo mojo en el agua fresca, pasándolo por tu rostro, que apartas instintivamente.

- No te puedes permitir el lujo de rechazar este agua. De todas formas no te dejarán morir al sol, pero puedes elegir aguantar tanto como te sea posible.- Parece que he dado en la diana, tu orgullo no te permite recibir ayuda, pero al mismo tiempo te dicta sobrevivir para demostrar que tú puedes más. Lentamente vuelves tu rostro hacia mi, sin pronunciar palabra alguna. Mojo de nuevo el pañuelo y está vez recorro tu frente, retirando el sudor, limpiando tus ojos de la arena que se ha quedado incrustada cuando te han aplastado contra el suelo. Al llegar a tu boca me detengo un momento, pasando mi dedo y notando la profundidad de su sequedad.

- Para esto necesitaré algo más que agua... !Lucrecia, acércame el bálsamo de hipericus! - La sirvienta parte veloz, volviendo con un pequeño tarro de una sustancia pegajosa anaranjada. Untando uno de mis dedos recorro tus labios, asegurándome de que la grasa penetra totalmente en sus heridas. Reaccionas ante el escozor con un mohín de sufrimiento que me divierte. Esto no es comparable con los latigazos que te han aplicado como castigo y que no han arrancado de ti ni siquiera una mueca. - Parece que esto sí es realmente doloroso, - comento con cierto sarcasmo, y tu mirada se endurece.

Te rodeo y me coloco a tu espalda, mojándola con el agua fresca, limpiando los restos de piel que han quedado adheridos a tus heridas, y noto como te estremeces por el contraste, y por el roce. El bálsamo curará tus heridas físicas, pero no creo que haya bálsamo alguno que pueda aliviar las heridas de tu orgullo. Con suavidad cubro la carne lacerante, observando de cerca tus músculos marcados y sudorosos, sabiendo en este momento que tengo que encontrar la manera de convencer a Flavius de que te quedes como servicio doméstico, para tenerte cerca.

Satisfecha con mi inspección, vuelvo a colocarme frente a ti, levantando tu rostro por la barbilla, acercando la vasija a tu boca. - Bebe, porque no sé cuando podré volver a darte agua, y la necesitas. - Fijas tu mirada en la mía, sorbiendo el agua que cae por las comisuras de tu boca, refrescando tu pecho. Me observas al igual que yo te observo, haciéndote mil preguntas y no permitiéndote pronunciar ninguna de ellas. Quizá pienses que soy una más aquí, al servicio de Flavius, aunque por mi manera de comportarme seguro que habrás adivinado que mi posición es de mayor importancia que la del resto. El que yo haya sido también esclava me ayuda a comprender por lo que estás pasando. Y el que ahora sea la señora de la casa me da el poder de enseñarte como yo quiera.


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