jueves, 9 de diciembre de 2010

Los lados de la ventana (4)

Me apresuro tratando de complacerla como si fuera el primer día que estamos juntos, con la misma ilusión y nerviosismo con la que un adolescente acude a su primera cita de amor. Un masaje y un baño, un masaje y un baño... lo repito varias veces para mí mismo como si no terminara de creerlo.

Tenemos junto al baño grande una alcoba habilitada como cuarto de masajes, y es para mí algo así como un santuario. Conecto el calefactor de aire caliente tratando de caldear un poquito la habitación. Disminuyo un par de puntos la intensidad de la luz, que arranca destellos ambarinos de las partes metálicas del mobiliario. Elijo ahora una música de ambiente adecuado, vamos a ver... piano, flauta, violines, monjes de Silos... ésta será perfecta, “sonidos de la naturaleza, el placer del relajamiento”. De entre todos los aceites escojo uno de almendras dulces, ideal para el cuidado de la piel. Lo templo un poco, descuelgo el albornoz de mi Señora y vuelvo al salón para avisarla de que todo está preparado.

Mientras Ella se desviste permanezco fuera de la habitación, tratando de contener la prisa de mis impulsos. Cuando al fin me reclama respiro hondo y entro. Su presencia llena toda la estancia de una magia especial. Ella contempla mi cuerpo de una forma tan natural que le resta importancia a mi desnudez, pero yo soy incapaz de hacer lo mismo. Nunca dejará de impresionarme la visión de sus formas. Incluso ahora, que trato de reflejar en un papel aquellos recuerdos, tengo una extraña sensación de pudor, como si desvelar aspectos de su intimidad fuera algo sagrado. Yo permanezco también desnudo, y aunque lucho por no excitarme no alcanzo a conseguirlo. Hay aspectos en la naturaleza de los varones que nos está negado ocultar, así que trato de percibir mi erección como un tributo de amor y no le doy más importancia. Tumbada sobre la camilla parece una Diosa yacente. Ha recogido su pelo por detrás y la visión de su cuello despejado me erotiza, su espalda tan femenina, sus hombros, la redondez de sus caderas, la largura inacabable de sus piernas... Pero no sólo la belleza de una mujer radica en lo meramente visible, en la proporcionalidad mayor o menor de sus formas, también está en la delicadeza de su piel, en el olor de su pelo, en su propia consistencia, en la transparencia de sus uñas o en la forma en que se expande su pecho al respirar, en el sonido que emite su cuerpo al ser acariciado...

Vierto en mis manos un poco de aceite y las froto entre sí para que entren en calor. Al situarlas en la parte baja de la espalda su cuerpo se estremece. La combinación de música y luz, el perfume del aceite, la lentitud con la que mis manos recorren su piel provocan que a medida que el masaje transcurre los dos nos relajemos, hasta el punto de que todo en mi cuerpo vuelve a su ser. Después de mucho rato en el que ninguno de los dos pronuncia palabra, tengo la sensación de que mi Ama se ha quedado dormida. La confianza que para mí supone que Ella se duerma entre mis dedos me colma de agradecimiento. Conteniendo mi emoción cubro su cuerpo completamente con una toalla y aprovecho su descanso para preparar un baño caliente y espumoso como a Ella le gusta...

No sé cuanto rato ha pasado desde que me he recostado en el sofá, puede que unos minutos solamente, no necesitaba más que eso para recuperarme un poco, y aunque me he quedado algo traspuesta, me he despertado justo a tiempo para escuchar las primeras notas de uno de mis CD's favoritos.

Enseguida aparece él, la ilusión de nuevo en sus ojos y cierta impaciencia como cuando aprendía los primeros pasos del protocolo. Aún a veces duda sobre cómo comportarse, pero tiene un fondo galante y atento que le saca de muchas situaciones comprometidas. Sostiene el albornoz con ambas manos en posición de ofrenda y normalmente él me hubiera seguido para desvestirme, pero el cansancio me hace ser práctica, y con un beso en la frente y un gesto le hago entender que es mejor que me espere.

Cuando hice la reforma del piso pensé que sería un sueño que pareciera un Spa, uno de esos de lujo a los que de vez en cuando tengo la suerte de poder acudir cuando mi empresa me manda viajar por trabajo. Suelo elegir hoteles con Spa, sabiendo que necesitaré de sus servicios tras la jornada de reuniones y negociaciones.Pero no es lo mismo que cuando él me da los masajes...

Me tumbo en la camilla y automáticamente me invade una sensación de bienestar... Mario, puedes pasar... la puerta se abre al instante, y su azoramiento me hace sonreir. No sé qué daría porque esa timidez, y ese efecto enervante cada vez que me ve desnuda durara para siempre, es tan excitante ver la reacción de un hombre ante la visión de tu cuerpo... aunque consigo los mismos efectos cuando soy cariñosa con él, y también cuando le susurro al oído, o cuando le sorprendo con unas caricias...

Empieza el masaje y me dejo llevar por sus suaves manos, y dejo atrás a los japoneses que se difuminan en sus trajes pequeños, a los canadienses con su acento engominado, mi despacho se desmonta en pequeñas piezas que guardo en el portafolios, y poco a poco sólo quedamos él y yo, la música, el olor del aceite... Conoce a la perfección mi cuerpo, lo que me gusta y lo que no, y me hace estremecer y al mismo tiempo siento como los últimos resquicios de cansancio desaparecen, y con ellos mi conciencia...

Me sobresalto al darme cuenta de que me he dormido de nuevo, y escucho el chapoteo del agua. Seguramente está poniendo las esencias para producir espuma, y estará tan concentrado como siempre, así que entro descalza, sin hacer ruído para observarle. Sus movimientos son nerviosos, pero a la vez calmados. Estos baños forman parte de nuestra deliciosa rutina, y supongo que le devuelven cierta paz de espíritu después del día que habrá tenido. No hemos vuelto a hablar de ello, pero en un par de días volveremos a hacerlo, ya desde la templanza y desde la comprensión mútua, que es desde donde hay que hablar las cosas y resolver las diferencias.

Me acerco un poco más aprovechando que está inclinado sobre la bañera encendiendo las velas, y acaricio lentamente su espalda empezando por la nuca hasta llegar a sus nalgas, prietas y tensas por la posición... un ligero azote le sobresalta, pero mis manos no se detienen ahí, y cogiéndole por los hombros le devuelvo a su posición habitual, arrodillado a mis pies. Me encanta situarme a su espalda, que no pueda verme, y poder acariciar su cuerpo a mi gusto, viendo perfectamente desde mi posición elevada el efecto que eso le produce. Sé que cierra los ojos porque lo veo en el reflejo de los azulejos brillantes del baño, y puedo observar en su cara la mezcla de placer, alivio, nerviosismo y timidez que tanto me seduce.

Todo el cuarto de baño está ambientado como si fuera el de un palacio medieval, las palanganas de cobre, los candelabros de hierro forjado alrededor del espejo, los accesorios de bronce y estaño que hemos ido recopilando en tiendas de anticuarios. La bañera semeja una antigua tina de hierro fundido con los pies góticos. En torno a ella se disponen en hilera varios portavelas de diferentes tamaños. Un baño caliente de mi Señora sumergiéndose en abundante espuma y envuelta con la tenue luz de las velas concede a este momento un halo mágico, como si nos transportara a un mundo fantástico.

Estoy tan absorto encendiendo las velas que no advierto su presencia tras mi espalda. Sus dedos en mi nuca me sobresaltan y no puedo evitar una exclamación. Ahora su mano desciende lentamente desde el cuello como si quisiera perfilar el relieve de mi columna vertebral. Sus yemas trazan circulitos en mis costados, erizando el vello de mi piel centímetro a centímetro. Cierro los ojos disfrutando la sensación de sentirme acariciado. Cuando llega a mis nalgas entreabro ligeramente las piernas para facilitar su acceso a mi intimidad... sus dedos comienzan a perderse entre los pliegues de mi cuerpo... suspiro cada vez más excitado hasta que sin esperarlo... ¡¡zas!! Un azote con la palma de su mano me devuelve a la realidad. Pero su mano no abandona mi nalga, sus cinco dedos permanecen inmóviles, calibrando el aumento de temperatura de mi piel. Me toma entonces de los hombros empujándolos hacia atrás, y continúa ahora con sus caricias por todo mi pecho. Ella está situada detrás de mí y no alcanzo a verla, pero trato de no levantar el rostro para observarla, aunque mi pene lo hace por mí, siempre tan independiente. Sonrío al recordar uno de nuestros juegos en el que mi Ama se entretiene con mi sexo como si fuera un ente autónomo, como si se pusieran de acuerdo entre ellos dos y me dejaran al margen de la diversión.

Me incorporo, erecto y sonriente, y al tiempo que Ella entra en la bañera le tiendo mi mano.

-El baño está preparado Señora, permítame ayudarla...

El agua está a la temperatura adecuada, y cuando jugueteo con la espuma con los dedos de mis pies, una mezcla de aromas de jazmín y nardo inunda el ambiente húmedo del baño. Su piel tiene ahora el tono brillante de la condensación, y en su rostro el tono rojizo del rubor de sus mejillas... el calor produce este efecto, pero estoy segura de que mis caricias también.

Me tumbo en la bañera, jugando con la espuma a cubrirme el cuerpo, dibujando diferentes formas con el dedo, mientras él me observa de reojo y duda entre los distintos geles de baño.

- El de Aloe, cariño, que hidrata mejor la piel - Tomo en mi mano una bolita de espuma y la soplo en su dirección, repartiéndose las burbujas en su pecho. Él sonríe de nuevo, sabiéndose partícipe de mis juegos.

Levanto una pierna y empieza a enjabonarme, sosteniéndola en el aire por el talón. Sus movimientos son lentos, delicados, mucho más sensuales que en el masaje, que tenía como misión relajar mis músculos. Se detiene justo donde el muslo sobresale de la superfície del agua, y me solicita la otra pierna. La asomo tímidamente y vuelvo a esconderla y él espera... hasta que se da cuenta, por mi sonrisa traviesa, de que no voy a sacarla de nuevo, y sus manos se pierden bajo la espuma buscándola.

Acaricio su hombro y le lleno de espuma el pelo, jugueteando, y viendo como las gotas de agua se deslizan por su espalda.... estos baños pueden dilatarse hasta que el agua se enfría, son momentos de intimidad y juego, de exploración y risas. Al final consigue enjabonarme la otra pierna, y entonces me arrodillo dentro de la bañera. Es un momento mágico, en el que ambos estamos arrodillados, un instante en el que Ama y siervo se difuminan, y el hombre y la mujer surgen de entre la espuma. Sus hábiles manos me masajean la cabeza al extender el champú, uno de mis principales placeres, y cierro los ojos, ronroneando como una gatita. El jabon se desliza por mi cuerpo ahora que estoy incorporada, y desvía la mirada respetuosamente, ya que mis pechos quedan directamente frente a sus ojos. Ronroneando en su oído cojo sus manos, y las deslizo por las formas redondeadas, los pezones turgentes, provocando de nuevo su erección, que se había relajado. Deslizo más abajo sus manos hasta perderse entre la espuma... y entre mis piernas... y mis ronroneos se convierten en suaves gemidos... Él me sostiene con uno de sus fuertes brazos mientras mi cuerpo se agita en un estremecimiento placentero, fluyendo en el agua el resultado de sus diestras caricias. Con cuidado me ayuda a tumbarme de nuevo en el agua, quitándome el jabón del pelo con el brazo de la ducha, sonriendo satisfecho de verme disfrutar de sus atenciones.

- Hoy no quiero que cenes tú después de servirme, mario... - Me mira desconcertado, y me doy cuenta de que puede interpretar que no quiero que cene, y hay que ser tan cuidadoso con lo que se desea... - quiero que cenemos juntos, que te sientes a la mesa conmigo y que me cuentes qué has estado pensando estas horas que has estado solo. Quiero saber cómo te has sentido y porqué.

Un estremecimiento recorre su cuerpo, y su mirada se enturbia ligeramente, y en ese momento le veo tan vulnerable, tan perdido, que dejo caer la toalla y le abrazo tiernamente.


Los lados de la ventana (3)

Es increíble la cantidad de ruidos que pueden escucharse en un piso cuando uno repara en ellos. Cada vez que suena el motor del ascensor mis sentidos se alertan, pero siempre se detiene en otros rellanos y mi decepción aumenta con cada vecino que llega a su casa. Ya es muy tarde, el frío me hace temblar y mi desesperanza crece por minutos impidiéndome reaccionar con claridad. Pero cuando estoy a punto de abandonar mi empeño, cuando todo parece perdido para mí… al fin ocurre. De pronto la puerta del ascensor se abre tan cerca que me sobresalta, y me entusiasmo al escuchar el taconeo reconocible de sus botines, los suyos por fin, llegando apresurados hasta nuestro piso.

Percibo ahora el tintineo de sus llaves hurgar en la cerradura, e instintivamente avanzo un par de metros hasta situarme junto a la puerta. Mi corazón late con tanta fuerza que las pinzas en mis pezones oscilan arriba y abajo renovando un dolor que estaba dormido. La puerta se abre con cierta brusquedad golpeándome un hombro y reparo en que es mi propia presencia la que obstaculiza el paso. Retrocedo gateando al tiempo que mi frente se aprieta fuertemente contra el suelo, como si quisiera atravesar el parquet.

No me atrevo a levantar la vista. Intuyo que mi Ama me contempla desde arriba, pero aún no alcanzo a sospechar su intención. Ninguno de los dos pronuncia palabra alguna, ni se mueve, e incluso yo apenas respiro. Ella cierra la puerta tras de sí y se inclina hacia mí. Permanezco arrodillado y quieto, dócil y expectante, y un segundo antes de que acaricie mi nuca con la palma de su mano ya tengo erizado absolutamente todo el vello de mi cuerpo.

Sé que Ella me pregunta cosas por la entonación de sus frases, pero estoy tan hechizado con la calidez de su voz que no acierto a comprenderlas. Me toma por la barbilla levantándome la cara, y la ternura con la que me mira a los ojos me vuelve del revés. Trato de expresarle al mismo tiempo la angustia de mis últimas horas, pero también mi agradecimiento, mis disculpas, las emociones que no soy capaz de contener, pero lejos de expresarme de forma entendible únicamente acierto a balbucear… mi Ama… mi Ama, como si el habla se me hubiera reducido a estas dos palabras.

Es Ella quien me ayuda a incorporarme, y mientras permanezco desnudo y entregado frente a su presencia, me libera al fin de las pinzas que me atenazan el pecho. Y comprendo entonces que no sólo soy incapaz de sostener su mirada, sino que tampoco tengo la menor intención de hacerlo, y lo más importante… ocultar mi turbación me produce un sereno bienestar…


Deben haber sido muchas horas, ya que sólo acierta a balbucear... mi Ama... mi Ama... como si fuera un mantra que le devolviera la cordura. He estado todo el día fuera prácticamente, a veces me da tiempo a venir a casa para comer, pero hoy era imposible, ¿es posible que haya estado así desde que me fuí? no... o espero que no, aunque al ayudarle a levantarse diría que esos músculos están ya mucho más que entumecidos, están atónicos, síntoma de una inmovilidad sostenida. Sonrío para mis adentros al recordar la cara contrita con la que me responde "sí, Señora", cada vez que le pregunto si está cómodo cuando me paso horas practicando con las cuerdas, sabiendo que al cabo de un rato le duele todo. Y hoy me ha ofrecido esa inmovilización, una prueba de su entrega, de su profundo deseo de complacerme, y mucho más que cualquier otra cosa, esa humildad, esa veneración, es la que me enternece el alma.

Intento ver en su mirada que es lo que siente, que es lo que intenta decirme con esas palabras, que adivino son un compendio de emociones contenidas que intentan expresarse todas al mismo tiempo. Pero rehuye mis ojos, quizá por vergüenza, quizá porque eso sería ya demasiado y le desbordaría. Le acompaño agarrándole por la cintura hasta el salón, y le ayudo a sentarse en el sofá, lo que le produce una serie de muecas de dolor al volver a recuperar la sensibilidad de las extremidades. Le quito las pinzas que tanto odia, porque aún no se ha acostumbrado a su presión y le produce un dolor más allá de lo tolerable, y me reafirmo en mi idea de que se ha autoinfligido él mismo su propia penitencia por hacerme enfadar, y eso es suficiente para que olvide todo el asunto. Sus pezones están morados y los masajeo suavemente, mientras él cierra los ojos. Con cierta habilidad adquirida con la práctica, masajeo también las articulaciones para desentumecerlas y conseguir que la sangre circule nuevamente. Su rostro se dulcifica y su cuerpo reacciona a mis caricias y masajes como un resorte.

Hay siempre algo de excitante en tenerle totalmente expuesto y abierto a mis atenciones, y si no le conociera bien, podría incluso llegar a pensar que todo esto puede haber sido una maniobra para conseguir mi perdón. Pero él no es así, es honesto en su forma de actuar y de ser, y cuando necesita de mi me lo hace saber, aunque esté en mis manos disponer qué hacer respecto a ello. Y ahora me resulta tan deliciosamente vulnerable que me despierta mi instinto felino, y mis caricias se vuelven más íntimas... él permanece muy quieto, sabe por mi respiración y mi forma de tocarle cuando ha aparecido la pantera acechante y aunque le gusta, también la teme... hay un placer ancestral en sentirse acechado como una presa, una que sabe que no puede morir, pero que puede sufrir si el más leve movimiento provoca el ataque de su Depredadora.

Mi Señora me conduce hasta el salón sujetándome por la cintura. Mientras camino trato de apoyar suavemente mi cabeza en su hombro. No estoy seguro de contar con su permiso, pero un dulce beso en mi frente me reconforta de un modo delicioso. Me ayuda a recostarme en el sofá y Ella permanece de pie observándome desde arriba. Al principio me abochornaban este tipo de situaciones, pero ya hace algún tiempo que aprendí a no darle importancia al hecho de mostrarme completamente desnudo en su presencia. Es algo que me reafirma en mi condición, como si la vulnerabilidad que concede la desnudez acentuara la humildad y mi total disposición de entrega.

Tampoco estar desnudo a su lado tiene una necesaria connotación sexual, ni siquiera un sentido erótico. La auténtica desnudez está en la mente y es allí donde reside también el auténtico erotismo. En estos momentos pienso incluso que mi cuerpo no me pertenece, que no es enteramente mío al menos. Mi cuerpo reacciona según sus deseos, por lo que ninguna respuesta ante sus estímulos debería avergonzarme ante Ella. Puedo sentir dolor o placer, llorar o eyacular, todo forma parte de lo mismo, de la misma emoción de entregarse a una mujer como Ella. A veces me imagino como un caballero medieval que disfrutara entregando su vida al defender una causa necesaria, un caballero que en el mismo momento en que reconociera su derrota pudiera al fin acceder al goce del verdadero triunfo.

Mientras mi Ama contempla el lamentable estado en que han quedado mis pezones observo en su rostro un gesto de preocupación. Entonces humedece la yema de su dedo en su propia saliva y comienza a masajear mis areolas con mucho cuidado. Cierro los ojos y me relajo. Al instante, una incipiente erección comienza a apoderarse de mi pene. Cuando trato de mirarla para agradecerle sus atenciones me doy cuenta de su aspecto cansado. Su rostro refleja el agotamiento de la jornada. Seguramente aún no ha cenado, tenga ganas de cambiarse de ropa, tomarse un baño… ¡¡Pero qué estoy haciendo!! De pronto caigo en la cuenta de lo egoísta de mi comportamiento. Soy yo quien debería estar mimándola, atendiéndola, masajeándola, soy yo quien está aquí para servirla. Una ola de calor me ruboriza y me pongo súbitamente en pie, sin reparar siquiera en mi erección.

- Mi Señora, sus cuidados son mucho más de lo que merezco. Le ruego que me permita ocuparme de usted...

Decían en su tiempo que había elixires milagrosos que eran capaces de curar todos los males e incluso revivir a los muertos. Por supuesto en aquella época no conocían el poder de un hombre sumiso entregado a una misión vital: la de cuidar y complacer a su Dueña, que es capaz de sobreponerse a cualquier sufrimiento y sublimarlo en dedicación a la Mujer por la que sienten veneración.

Y aún así, sabiéndolo, me sorprende ese cambio brusco de la aparente convalecencia a la recuperación milagrosa, y me pregunto si mis caricias habrán tenido algo que ver. Después de un largo y complicado día, ha conseguido dibujar en mi rostro una sonrisa de orgullo, recordándome el porqué accedí a que formara parte de mi vida.

Ya hacía tiempo que nos conocíamos y hablábamos, que compartíamos secretos y confidencias, pero había sido quizá más como una amistad, una afinidad de gustos y aficiones que nos hacían sentir a gusto el uno con el otro. Y sin darnos cuenta se volvió en cariño, y el cariño dió paso al deseo.

Aceptar a alguien en tu vida conlleva responsabilidad, no consiste solamente en tener a alguien a tu disposición las veinticuatro horas del día, sinó que esa persona deja en tus manos decisiones que le atañen profundamente, con total y plena confianza en tu criterio. Sería algo así como cuando estás embarazada, que tienes que pensar por dos, por ti y por tu bebé. Y hay momentos en los que se siente el peso de ese vínculo, en los que sabes que tus decisiones van a afectar a dos personas, y que él aceptará lo que yo decida, sabiendo que habré tenido en cuenta su opinión y su bienestar.

Y ahora vuelve ese brillo a sus ojos, esa mirada dulce y arrobada que tanto me llena, y me relajo por fin, suspirando. Me doy cuenta de toda la tensión que he acumulado cuando noto el dolor en mi cuello.

- Creo que podríamos empezar con un masaje en la espalda, ya sabes, terapéutico, que los mimitos los podemos dejar para después del baño... uno con mucha espuma y el agua bien caliente esta vez.

Le veo desaparecer en dirección al baño, y le veo tan hermoso como el primer día en el que tímidamente se desnudó para mi... en cuerpo y alma.


Los lados de la ventana (2)

En el reloj del salón suenan las nueve y media de la noche, la hora de llegada habitual de mi Señora. Durante toda la jornada me he dedicado a cuidar los pequeños detalles de intimidad de nuestro hogar. Pero aún ahora, cuando Ella está a punto de llegar del trabajo, recorro nervioso cada rincón de la casa con la inquietud de ver algo fuera de sitio, algún signo de descuido. Suena de fondo su música favorita, la temperatura es la apropiada, la luz aterciopelada, el perfume a lavanda que tanto le seduce, las velas encendidas que adornan la mesa junto al servicio para su cena...

Y ahora me sitúo enfrente de la puerta de entrada, arrodillado y postrado, desnudo y humilde, la frente apenas apoyada en la frialdad del suelo. Estoy hasta tal punto arrepentido por haberla disgustado que tengo la intención de permanecer en esta posición de ofrenda hasta que mi Ama entre por la puerta. Tengo tanta necesidad de redimirme, que pese a no disfrutar con el dolor he colocado unas pinzas de castigo en mis pezones, tratando de que mi sufrimiento, aún tan insignificante, consiga hacer olvidar su desengaño y expiar de algún modo mi culpa.

Cuando en el reloj suenan once campanadas mis rodillas casi no pueden sostenerme. Mis músculos se han crispado de tal modo que me tambaleo incómodo y tembloroso. Mis pezones languidecen de dolor mientras comienza a apoderarse de mi voluntad la angustia de recordar que la única vez en mi vida que mi Ama se enfadó conmigo no vino a casa a dormir...


Miro el reloj de nuevo... las once menos cinco, y sigo aquí en la oficina, eso significa llegar tardísimo a casa, seguramente en taxi, muerta de cansancio, después de casi tres horas de llamadas con Toronto, nuestros principales proveedores. Cierro los ojos un momento y me froto las sienes, sintiendo ese palpitar leve del dolor de cabeza. Ha sido un día redondo, desde el enfado de la mañana hasta esta jornada agotadora... y de lo único que tengo ganas es de llegar a casa, de tumbarme en el sofá, y de sentir sus suaves manos en mis pies.

No hay nada más relajante que eso, o cuando me cepilla el pelo, con largas y lentas pasadas, teniendo cuidado de no tirar, y de no enredarlo. Miro el teléfono y finalmente me decido a irme, ya ha sido suficiente por hoy, no hay nada más que pueda hacer que no pueda esperar a mañana.

Marco el número de casa y espero, sabedora de que puede estar entretenido con alguna tarea doméstica. Cuando vino a vivir a mi casa, me pareció curioso que no quisiera un televisor. Yo estaba hecha a la idea de que los partidos de fútbol, las carreras de coches y ese tipo de acontecimientos eran poco más que sagrados, pero para él no, quería centrarse, según me explicó, y el televisor sería una distracción de lo que verdaderamente le importaba: yo.

Incluso con la voluntad más servicial, es normal que hayan malentendidos, y sólamente una vez me enfadé tanto con él que no quise volver a casa. Con el tiempo se conoce mejor a la persona y se pueden interpretar las intenciones y.... ¿porqué tarda tanto en responder? Cuelgo el teléfono extrañada... ¿Se habrá quedado dormido? No sería propio de él... Cojo el bolso y la chaqueta y dejo la oficina, algo preocupada.

La última vez, cuando regresé a casa, le encontré en plena crisis nerviosa, encogido y desnudo en el suelo del baño. Más tarde, cuando conseguí que se calmara, me enteré de que había sido un ataque de pánico, que cuando le dije que me pensaría muy mucho el volver, realmente lo tomó al pie de la letra, cuando yo me refería a lo que había sucedido... No somos conscientes del grado de desapego de su propia vida que esta clase de entrega supone, hasta que afrontamos una situación así.

Por suerte aún circulan bastantes taxis y no me cuesta encontrar uno, y con esa imagen en mente le doy mi dirección al taxista.


Me siento flotar, como si hubiera perdido la noción del tiempo. Por mi mente cruzan a toda velocidad cientos de imágenes de mi Señora, escenas donde su severidad y dulzura se entremezclan como en un collage. Baños de espuma y velas ardientes, azotes que erizan mis sentidos, sus manos acariciando mi pelo como si fuera un niño pequeño, su cuerpo que se insinúa sin llegar a mostrarse. Casi ya no siento incomodidad ni dolor, todo está en calma, se escucha a lo lejos el sonido repetitivo de un teléfono que suena en algún lado. El tiempo se ha detenido en este pasillo, ni siquiera sé muy bien qué hago arrodillado frente a esta puerta, desnudo y sólo… a lo lejos se escucha el rumor sordo de la calle y el sonido de un teléfono como un arrullo que me adormece… el sonido de un teléfono… el sonido… ¡¡Dios santo, pero si es el teléfono del salón!!
Trato de incorporarme de golpe, pero las horas de inmovilidad han anquilosado mis miembros y mi cuerpo no me obedece. Recorro el pasillo de un modo desesperantemente lento, sujetándome las pinzas que cuelgan de mis pezones y que me arrancan aullidos al caminar. Llego al salón desmadejado y roto, pero aún tengo tiempo para que mi pie descalzo tropiece contra la pata de la butaca y mi rodilla se golpee con la esquina de la mesita de tomar el té. Cuando descuelgo el auricular del teléfono ya ha dejado de sonar.

Me derrumbo sobre el sofá maldiciendo cuanto me rodea. En este instante todos los dolores de mi cuerpo toman forma y se resumen entre sí, pero hay uno tan grande que los anula por completo. Es el dolor de la ausencia, de la soledad, del desamparo…


Cabizbajo y triste regreso de nuevo por el pasillo y, con cierta sensación de alivio, vuelvo a arrodillarme en el mismo lugar. Me propongo resistir el tiempo que sea necesario, como si el hecho de entregar mi sufrimiento me sirviera de consuelo. Antes de postrar mi frente en el suelo miro la puerta de entrada como si fuera un altar, y pido con toda el alma que mi Dueña no me abandone…

- ¿Puedes ir un poco más rápido? - El taxista me observa de reojo por el retrovisor, con la cara típica de quien está harto de soportar los caprichos de los clientes, y es comprensible, así que suavizo el tono de voz. - Es importante para mi, y te lo agradecería mucho... - Una sonrisa seductora obra el milagro, y respondiendo con una sonrisa cómplice el taxista acelera.

Estoy preocupada, tengo una sensación en el estómago extraña, una que suelo tener pocas veces, pero que me indica que alguien que me importa me necesita. Después de muchos años de estar pendiente de la gente a la que quiero, de cuidar de su bienestar, se llegan a crear unos lazos invisibles que sirven de alarma cuando las cosas no van bien. Así supe que ese aparente resfriado de mi madre no iba a ser sólo eso, y conseguí convencer a mi jefe de entonces para dejarlo todo y recorrer los 700 km que me separaban de ella, llegando a tiempo de verla antes de perderla.

Y es posible que no sea nada, que sólo sea la propia necesidad de que vuelva a existir esa armonía entre nosotros, esa conjunción de voluntades entramada de tal forma que cualquier pequeña tara en el tejido destaca visiblemente. En este tiempo que lleva conmigo, mi vida se ha ido adaptando a su presencia, algo muy curioso de descubrir cuando normalmente se cree que suele ser la suya la que se adapta a la nuestra. Pero se crean unos hábitos de comportamiento que no sólo nos facilitan la vida, sinó que nos envuelven en una aura de confortabilidad, de veneración, que poco a poco va filtrándose por todos los poros de la piel.

Cuando llego a casa, después de tirar a la papelera la tarjeta que el taxista ha acompañado con una sonrisa y el cambio, no atino a la primera con la llave de la puerta, y es que no sé porqué ahora las hacen todas iguales. Al fín consigo abrirla, pero algo me impide abrirla del todo, y al dar la luz descubro que él está arrodillado, desnudo, postrado con la frente tocando el suelo, visiblemente temblando, y no podría decir cuantas horas lleva allí, ni si tiembla de frío, de emoción, de miedo o de todo ello.

Debería seguir enfadada, debería seguir de mal humor después de este día de perros, del cansancio acumulado, pero mi corazón ha dado un vuelco al verle en esa actitud arrepentida. Normalmente viene a recibirme con las zapatillas en la mano cuando llego de trabajar, llevándose el abrigo y la cartera, preguntándome qué tal ha ido el día, con una sonrisa y esa mirada de ilusión que me regenera totalmente. Pero hoy...

Me agacho y acaricio su cabeza, y todo su cuerpo se estremece...

- ¿Cuánto tiempo llevas así? ¿Por eso no has respondido al teléfono cuando te he llamado?



Los lados de la ventana (1)

Esta es una historia compartida con alguien muy especial, con quien he podido dar rienda suelta a una de mis pasiones, que es escribir relatos,  sintiendo que nuestras ideas, emociones, e imágenes se entrelazaban de una forma exquisita. Gracias mario, por tu participación y por provocarme XDDD. Lo he subido en varias partes dada la longitud de las continuaciones, así que hay que hacer como en aquellos dibujos con los que nos enseñaban a dibujar: sigan los números ^^.

TRAS LA VENTANA...
(mario)

El portazo al cerrar ha sonado algo más fuerte de lo habitual. Cuando mi Ama se disgusta conmigo me embargan sentimientos difíciles de asumir, una tristeza entera e inabarcable, una ausencia interior que me vacía y asusta, una melancolía de la que apenas puedo recuperarme hasta que regresa por la noche.

Durante el resto de la jornada procuro hacer las tareas de la casa como si me disculpara con ella a cada paso. Cuando recojo las cosas desordenadas imagino que ella me está observando tras mi espalda, y cuando limpio con mi mejor esmero aquello que apenas está sucio, cuando tiendo la ropa recién lavada para después doblarla y guardarla en los cajones de su cómoda con todo el mimo de que soy capaz, cuando hago la cama de su habitación que conserva aún entre las sábanas la presencia turbadora de sus formas y el calor de su cabeza en la almohada...

Siempre que mi Ama sale de casa acudo con rapidez hasta la ventana del salón, donde me asomo encubierto por las cortinas para verla marchar. La contemplación de su manera de andar por la acera, insinuante pero sin excesos, me acompaña durante el resto del día. Me gusta imaginar que comparto con ella los quehaceres de su jornada, sus preocupaciones, que me confía aquéllas cosas que le resultan especiales. Esta mañana está maravillosamente guapa, viste de un modo tan oscuro que parece una silueta en tres dimensiones. Su chaqueta entallada y negra, su falda algo más clara enmarcando sus caderas y elevando aún más la largura de sus piernas. También negras las medias, su portafolios de cuero y sus botines de tacón alto, y el collar que esconde su escote, y sus uñas, sus pendientes, la sombra de sus ojos... sus ojos... de un castaño tan intenso que hieren.

Adivino su enfado en la determinación algo brusca de sus movimientos, en la manera en que sacude su melena sobre los hombros. Cuando alcanza el coche abre la portezuela de atrás y coloca sobre el asiento la chaqueta pulcramente doblada. La blusa blanca ciñe su espalda y transparenta apenas el sostén. Al abrir la puerta delantera pierdo ya toda esperanza de que repare en mi presencia y se despida de mí. Ella es plenamente consciente de que estoy contemplándola desde la ventana del salón, expectante como un perro abandonado y doliente.

Y entonces mi Ama, pero aún sin volverse, levanta lentamente su mano derecha, que extiende y recoge dos veces. Es un gesto que pasa desapercibido para el resto de los transeúntes, un gesto femenino y coqueto, un gesto que me colma y reconcilia con ella, conmigo mismo y con el mundo entero.

Cuando al fin el coche inicia la marcha no soy capaz de seguirlo con la mirada, pues una ligera humedad, un escozor leve y feliz, empaña mi vista...

AL OTRO LADO DE LA VENTANA
(mio)

A veces creo que no me escucha, tan absorto como está en hacer las tareas a la perfección, tal como yo misma le he enseñado, sin pararse ni por un momento a pensar si ese día en concreto me gustaría que las cosas fueran de otra manera. Es cierto, no soy una mujer fácil de convivir, pero sí fácil de complacer, basta con observarme y preguntarme, y él sabe que puede preguntar tanto como necesite, que eso jamás me molestará. Pero no, sigue queriendo hacer las cosas como cree que son mejores para mi, en lugar de simplemente plantearme la duda. Y hoy ha ido demasiado lejos. Es mucho mejor haberme ido, darme tiempo a calmarme. El control forma parte de la responsabilidad, la que libremente asumí al aceptarle en mi vida, al comprometerme a educarle, pero a veces es … fatigoso.

Y encima tengo esa dichosa reunión con los socios, explicarles de nuevo que a veces menos es más, que un gran margen de beneficio puede perjudicarnos, y ellos tampoco me escuchan. Es triste tener la capacidad de ver soluciones y que no te den crédito por ello.

Y él sabía que hoy estaba nerviosa, estaba en su mano levantarme el ánimo, como ha hecho otras tantas veces, con sus mimos, sus bromas inocentes e inteligentes. A veces me remuerde un poco la conciencia que esté solo en casa todo el día, sin trabajo, únicamente dedicado a la casa. Pero él mismo se ofreció en esas condiciones, diciendo algo de un año sabático dedicado a conocer su verdadera naturaleza, y a entregarme todo su tiempo, y en aquel momento no me pareció una mala idea, y lo cierto es que cuando no saca a relucir su “humilde” testarudez, la vida con él es mucho más placentera… no puedo evitar que crucen por mi mente unas imágenes de baños compartidos, de masajes que culminan en éxtasis, de risas intentando ponerle mis zapatos que es imposible que le quepan, de recorridos por la casa siguiéndome descalzo atado con la correa…

Llego al coche sin darme cuenta, y por uno de los retrovisores le veo ligeramente asomado, observándome, casi podría adivinar la expresión de arrepentimiento, la determinación a llevar esa costumbre de tantos años como hombre de la casa a un nuevo nivel, uno en el que simplemente se deje llevar y confíe, confíe de una vez y totalmente en mi, porque ¿qué sentido tendría la entrega si sigue dudando sobre qué hacer? La duda surge del desconocimiento, de no seguir las instrucciones, arriesgándose a que el resultado no sea el esperado.

Pero entonces recuerdo algunas sorpresas brindadas desde la improvisación, la inspiración del momento, instantes maravillosos en los que mi admiración por su capacidad de leerme como un libro abierto crece exponencialmente, y es capaz de hacer brillar en mis ojos la chispa de la ilusión, como cuando era una niña. Y en esos momentos resulta tan adorable….

Es el momento de entrar en el coche, y le saludo, sabiendo que él entenderá el gesto, un ademán disimulado con la mano, abriéndola y cerrándola, el mismo gesto que le hago cuando quiero que se acerque y apoye su cabeza en mi regazo para acariciarle. Un gesto que tiene el poder de serenarme y devolverme la sonrisa, segura como estoy de que a mi vuelta, él redoblará los esfuerzos por satisfacerme y que algún día… algún día… aprenderá como.

Los Complementos

Cuando se oye hablar de complementos uno piensa enseguida en los bolsos, zapatos, pañuelos y bisuterías varias con las que las mujeres nos adornamos para dar un toque personalizado a nuestro atuendo, pero en este caso no me refiero exactamente a esto.

Una vez que se ha hablado de los gustos y preferencias dentro del mundo bedesemero, que suelen ajustarse bastante a un patrón, yo le preguntaría a un aspirante a sumiso ... "¿Y cuáles son tus complementos?"... por supuesto los ojos como platos no se los quitaría nadie y tendría que explicarle que son esas habilidades o características que le hacen diferente a los demás, es decir, su Toque Personalizado.

En este sentido me gustaría recuperar un poco la tradición japonesa de las Geishas para incorporarla al BDSM, ya que no se trata de tener solamente un cuerpo disponible para la Dómina, sinó de contribuir a que la velada sea exitosa y memorable, y para eso son necesarias ciertas habilidades que cada cual puede valorar según sus gustos, por supuesto.

¿Y cuáles podrían ser esos complementos?

Pues una cierta capacidad de juego, de adaptarse a la situación... me cuesta imaginar estar con alguien que no dice nada en todo el rato, y que su participación se limita a decir "sí, Señora" de vez en cuando. Es una interacción y como tal, cada cual tiene una parte en el diálogo ^^... y el oído es uno de los sentidos más sensible a la vibración, la entonación... y es que no hay nada tan dulce como la voz quebrada de un sumiso suplicando, o agradeciendo.

Para mi es de valorar alguien que sepa dar unos buenos masajes, no solo por la relajación que eso supone, sinó porque el contacto suave (recalco lo de suave, que no por darlos con más fuerza, relajan más, al contrario...), el aroma del aceite, las luces ténues, quizá una música de fondo... todo acompaña a crear una atmósfera de sensualidad que abre las puertas a una sexualidad mucho más rica.

Por no mencionar el que alguien sea capaz de preparar diez clases de tortilla diferentes, o una paella riquísima, o una sopa castellana de toma pan y moja, y es que los hombres resultais terriblemente sexys en la cocina, atareados con los pucheros, preparando platos sabrosos y suculentos... y es que ¿sólo a los hombres se les conquista por el estómago? Por supuesto mucho mejor si se cocina únicamente con el delantal puesto, no se vaya a salpicar...

Y es que hay algo que funciona en todos los entornos, y es conquistar a la otra parte. Al vestirnos con los tacones, el latex, las medias, los corsets, es cierto que eso nos hace sentir poderosas, pero ese poder no sería tanto si no despertáramos el instinto masculino... y esos son nuestros complementos... pero en los hombres, parece claro que una vez que no hay ropa que cubra el cuerpo, los complementos tienen que ser de otro tipo... tienen que venir de dentro.


miércoles, 8 de diciembre de 2010

La caza

Alimentarse es fácil, sólo hay que abrir la nevera o la alacena y coger lo primero que se pille, pero nutrirse... nutrirse es algo diferente, es darle al cuerpo lo que necesita, lo que está pidiendo, cueste lo que cueste.

Hoy es día de caza, y siento ese ligero nerviosismo de la incertidumbre, de no saber si podré cobrar la pieza o no. Incluso las panteras pierden alguna vez una presa, puede que por un mal cálculo, o algún obstáculo en el camino que le permita escaparse.

Pero yo llevo semanas observándote, cómo atiendes a los clientes, cómo sonríes, y tu grado de amabilidad es más elevado que el de la mayoría, rozando la complacencia, sobretodo cuando te dejas llevar mostrando el funcionamiento de algún juguete. Mantienes ese espíritu juguetón que tanto me gusta.

Y he esperado el momento perfecto. Ahora hay mucha gente de vacaciones así que apenas hay clientes, y más en verano, que no es una época clave para los juguetes, los padres prefieren gastarse el dinero en un apartamento en la playa para la familia. Aprovecho para acercarme cuando estás ordenando las cajas de una de las estanterías, y me quedo observando algunos artículos cercanos.

- ¿Puedo ayudarla en algo? - Sabía que me atenderías rápidamente, siempre lo haces. Me tomo mi tiempo para observarte de cerca, ese aire intelectual que te dan las gafas sin montura, la corbata a la altura perfecta, y esa sonrisa que acaricio sin tocar.

- Pues sí, creo que puedes ayudarme... y mucho... - Deliberadamente provoco en tí el estar a la expectativa, esperando a qué te diga en qué me puedes ayudar, sosteniendo tu mirada que no tardas en desviar, algo azorado.

- Pues usted dirá. - Ahora ya no sabes como ponerte. No puedes seguir colocando las cajas porque se entendería como una falta de respeto al cliente, pero tampoco puedes hacer nada más hasta que yo te diga qué es lo que busco. Dejo pasar unos segundos más, que te parecerán interminables, para irte acostumbrando a mi ritmo, no al tuyo.

- Pues busco un disfraz para mi sobrino. - Esas palabras te liberan, y te giras de inmediato, mostrándome la dirección en la que está el expositor. Mi paso es lento, y te ves obligado a adaptar el tuyo al mío, y sin darte cuenta también adaptas tu respiración, que se hace más calmada.

- ¿Había pensado en alguno en particular? - Niego con la cabeza sin dejar de mirarte, y sacas algunos disfraces para muchachos, el de Spiderman, el del Zorro, con el que bromeo pidiéndote que te quites las gafas un momento para ver como queda el antifaz, con la excusa de que me parece muy grande para un niño, incluso te marco una enorme Z imaginaria en el pecho. Sonríes ante las bromas, y te relajas.

- Sé que probablemente no lo tendreis, pero siempre me ha gustado el personaje del Gato.. con botas - Pongo énfasis en la palabra botas y observo tu reacción. Es imperceptible a los ojos de los demás, pero ese parpadeo rápido me indica que la palabra "botas" tiene un especial significado para ti.

- Pues no, lo siento, ese disfraz no lo tenemos, quizá podría interesarle algún otro...

- Es una lástima... - parezco contrariada, o más bien decepcionada, sabiendo que tu natural complacencia buscará satisfacerme como clienta, porque una clienta satisfecha compra y vuelve, y eso te conviene.- Aunque siempre podríamos arreglarlo de otra forma... - Esa sonrisa de nuevo, ves una salida - ... yo podría poner las botas, y tú el gato... - Este es uno de los momentos en los que la presa puede escabullirse de entre los dedos, es tan sutil el movimiento... pero tragas saliva, y sonrío seductoramente. Un ligero rubor aparece en tus mejillas. Parece que he acertado. Te dejo unos segundos con esa sensación, que penetre hasta lo más profundo de ti, y luego te doy algo de margen. - Aunque también podría regalarle otra cosa, un coche teledirigido ¿teneis? - Respiras, aliviado de poder salir de la situación.

- Sí, sí, tenemos algunos modelos a muy buen precio, con bastantes accesorios. - Me conduces de nuevo, a mi paso, hasta la sección donde se exponen los coches, de todos los tamaños y colores.

- ¿Puedes mostrarme como funciona éste? - Elijo uno en concreto que lleva encima otro cochecito más pequeño, como si fuera un remolque.

- claro, por supuesto. - Lo coges de la estantería, junto con el mando a distancia. Este rincón es perfecto, ya que queda resguardado por las estanterías de la vista de los demás clientes y dependientes, así que cuando te agachas para dejarlo, como te he visto hacer otras veces, con la rodilla en el suelo, me sitúo detrás de ti y deslizo mi pie acariciando tu entrepierna suavemente. Tu reacción inmediata es de levantarte, pero yo te lo impido agarrándote firmemente por la nuca, empujando hacia abajo.

Este es otro de los momentos en que puede arruinarse la caza, un mal supuesto por mi parte, un error en mis deducciones y saltarás como un resorte. No puedo evitar contener el aliento.

Poco a poco vas cediendo, y permaneces en esa posición. Un suspiro de satisfacción se me escapa, y me inclino para rozar tu oreja con mis labios. Con una extrema sensualidad pero con firmeza te susurro... - ¿Puedes poner en marcha el coche, sin levantarte?

- Lo que usted desee... - Sonrío de satisfacción ante el temblor de tu voz, parece que has comprendido, que te estás rindiendo, y lo mejor de todo, que te gusta. Con el sonido de fondo del motor eléctrico, mis manos te recorren mientras te mantienes agachado, tu respiración más agitada, sé que tus ojos están cerrados porque el cochecito choca contra una pirámide de artículos en oferta.

Me acerco de nuevo a tu oído, quiero que sientas el calor de mi aliento en tu cuello, y te susurro en el mismo tono de antes. - Estoy satisfecha, me lo quedo ¿puedes traérmelo a casa? - Retiro la mano de tu nuca, que permanecía agarrándote con delicadeza, y puedes levantarte. Tardas unos momentos en hacerlo, y daría lo que fuera por saber qué está pasando por tu mente.

Recoges el cochecito sin decir palabra, ¿me habré equivocado en lo que he percibido en ti? Me indicas de forma atenta en dirección a la caja y marcas el importe. Sin dejar de mirarte atentamente, saco el monedero y te pago en efectivo. Guardas la caja en una bolsa que dejas en el suelo, a tu lado. Al levantarte me sonríes, ahora más calmado.

- Si me deja una dirección, a las diez termino de trabajar y podría llevárselo personalmente... y volver a mostrarle como funciona... - Esa sonrisa y el brillo en tu mirada me calientan por dentro, y la cazadora se relame de gusto.

Anoto la dirección en una tarjeta de las que tienes en el mostrador y la guardo en el bolsillo de tu chaqueta, aprovechando para dejarte un último susurro...

- Pasa sin llamar...


sábado, 13 de noviembre de 2010

Reabriendo las puertas

Después de casi un año de cerrar este blog, creo que ha llegado el momento de reabrirlo. Hay etapas de decepción en las que te preguntas si has tomado el camino correcto, si ésto es lo que realmente buscabas, y las dudas tienen más peso que las certezas.  

Pasado un tiempo la verdadera naturaleza vuelve a aflorar, esta vez con más fuerza, con más determinación, y en mi caso, convencida de que en este pequeño reducto podré encontrar lo que busco. En estos últimos meses he conocido personas encantadoras, tanto entre Amas como entre sumisos, y me doy cuenta de que más allá del propio ámbito D/s, lo que me llevo es la vivencia, los recuerdos, las emociones compartidas, las conversaciones, el afecto, las risas y una gran satisfacción, la de comprobar que se puede vivir la sexualidad y las relaciones de una forma diferente, y que hay muchísima gente que piensa como yo.  

Mi ilusión sigue intacta, mis ganas de aprender y desarrollarme como Ama han crecido exponencialmente, y mi confianza en este camino se ha afianzado.  

Abro las puertas a quien quiera conocerme y saludarme. Eres bienvenid@